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¿Cómo dejar de quejarse? Trucos para hacerlo

Si cada vez que te quejas a lo largo del día te estiraras del pelo, por ejemplo, te darías cuenta de lo instalada que tenemos esta práctica. Así han sido los 30 días de una redactora que ha aceptado el reto de no quejarse en todo el mes.

Como no se trataba de azúcar, de tabaco ni de algo físico… pensé que estar un mes evitando un tip en concreto sería fácil. Sin embargo, mantenerme un mes sin quejarme ha sido uno de los retos más grandes que recuerdo, lo que me ha hecho pensar y barruntar mucho acerca de la adicción que tenemos a la queja, al victimismo y a justificarnos mientras nos sentamos en una esquina a esperar a que el mundo cambie. O sea, cero autocrítica.

El desafío de estar un mes sin quejarme se me ocurrió después de leer sobre una técnica de PNL (Programación Neuro Linguística) que consiste en ponerse una goma alrededor de la muñeca y estirarla dándote un pellizco cada vez que te pillas criticando algo o quejándote. Solo así puedes ser consciente de las veces que lo haces al día y sobre todo de lo acostumbradísimos que estamos a abrir la puerta más fácil del cerebro, esa que despotrica para desahogarse y que no se entera de la desdicha que acarrea. Igual que la manía de compararse constantemente con los demás o permitir que los pensamientos tóxicos campen a sus anchas.

Equilibrar agradecimiento con descontento

A veces tenemos toda la razón para quejarnos, o bien porque nos han rechazado, porque hemos sido protagonistas de una injusticia o tal vez si sentimos que se están aprovechando de nosotras, por no hablar del dolor o la enfermedad. Tampoco es cuestión de ser aliadas de Mr. Wonderful a tiempo total y mostrar un mood de euforia constante. Se trata de equilibrar queja y agradecimiento, no perdiendo de vista todo aquello por lo que sentirnos afortunadas.

La queja tiene mucho que ver con el pensamiento obsesivo, pero, ¿cómo pararlo? Los expertos han hablado hasta el hartazgo de las bondades de la meditación que, en primer lugar, tiene que ver con ser capaces de parar la media de 49 pensamientos que tenemos por minuto (la mayoría de ellos, negativos). La razón es que los pensamientos chungos tienen tanto tirón porque generan cortisol, una de nuestras hormonas más adictivas. Y de cortisol sabe un montón la psiquiatra Marian Rojas.

Un desafío a tu cerebro

Os aseguro que el reto ha sido muy divertido y entretenido, pero sobre todo muy interesante. Desafiar a tu propio cerebro es un experimento que no tiene comparación con nada. A partir del día 20, más o menos, ya sustituí las ganas de quejarme por el comentario, “ya están aquí otra vez”, es decir, que empecé a ser consciente de cuándo me iba a poner a despotricar por algo. No estamos preparados para domar los pensamientos, a veces van por libre y tenemos la sensación de que no son nuestros. Sin embargo, conseguir hacerlo es uno de los trucos más económicos para aumentar el bienestar y la felicidad. Al fin y al cabo, solo depende de nosotros. Así fueron mis cuatro semanas:

Semana 1. Reconozco que el primer día me da pereza empezar, porque hacerlo es despedirme de esas conversaciones teléfonicas con amigas en las que empiezas por contar que estás fenomenal, y acabas como un resorte automático lamentándome hasta por los grados de temperatura. Temo el momento en el que algo se tuerza, porque me da la sensación de que no lo voy a poder compartir con nadie al estar en mi reto de los 30 días. Me pongo una goma de pelo en la muñeca de la mano, como dice el ejercicio, para estirar y soltar cuando me pille desafiando al reto.

Semana 2. Qué buena idea ha sido el truco de la goma, porque me permitió enterarme de lo que iba a hacer antes de abrir la boca. Acabé cogiendo a la goma, es como si fuera ella la que me impide desahogarme, y empiezo a tener ganas de que pasen rápido los días para campar a mis anchas. Es como una droga que me falta, y también reconozco que las quejas que no llega a salir de mi garganta tienen que ver con cosas sin importancia, como no encontrar algo en casa, quedarme sin batería en el móvil o que empiece a llover justo cuando salgo del portal. Esta segunda semana vivo completamente invadida por esta idea, no consigo relajarme; estoy pendiente a cada momento de no quejarme por nada.

“DURANTE EL PROCESO, PUEDE QUE ALEJES SIN QUERERLO A PERSONAS O SITUACIONES QUE SON TÓXICAS EN TU VIDA. LA RAZÓN ES SIMPLE: NO SOPORTAN LA PAZ”

Semana 3. Después de una semana 2 agotadora, encuentro otro truco, y es el siguiente: cuando pienso en quejarme (ya no lo verbalizo, con nadie, ni conmigo misma) intento reciclar el pensamiento. Por ejemplo, si no encuentro aparcamiento y a la tercera vuelta por la misma calle me dan ganas de soltar un taco, pienso en lo bien que me va a venir el paseo que me voy a dar desde el lugar donde suelte el coche hasta la puerta de mi casa, o si se me ha echado el tiempo encima y no me ha dado tiempo a cumplir mi plan de trabajo diario, en lo satisfecha que voy a terminar el día si le dedico un poco más de tiempo hasta acabar la tarea en lugar de dejarlo para mañana.

Semana 4. Empiezo a tener una sensación como de limpieza mental, y de pronto me chirría mucho cuando oigo a los demás quejarse. Me parece hasta una falta de respeto con sus interlocutores, y no porque no tengan razón, sino porque ya he aprendido que las minucias se pueden autoextinguir si pones un poco de fuerza de voluntad. ¡Ojo! y no me refiero a esos problemones que necesitas compartir por primera vez, sino a esa tendencia a la queja en bucle que nos gobierna sin que seamos conscientes. Al cerebro se le educa, y si no lo crees, haz la prueba, bastará con 3 semanas para que disfrutes de la diferencia. A cambio, puede que alejes sin quererlo a personas o situaciones que son tóxicas en tu vida. La razón es simple: no soportan la paz.

Fuente: Cosmopolitan

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Diario Pinky

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