Antes de que Pedro Pascal se convirtiera en el “internet daddy” favorito de medio mundo, la cosa no era tan sencilla para él como hubiéramos pensado, de hecho él mismo ha dicho que no era más que un actor de casi 40 años que todavía revisaba su cuenta bancaria antes de invitar un café.
Sí, ese era Pedro Pascal, el mismo al que hoy vemos como protagonista de series gigantes, como el rostro de franquicias enormes y como uno de los actores más queridos de su generación. Su historia empezó con bandejas, mesas que atender y audiciones donde casi siempre le decían que no.
Durante años Pedro Pascal vivió en Nueva York trabajando como mesero mientras iba de casting en casting, de esos días donde sales con el guion memorizado, das lo mejor de ti y aun así no te llaman. Y al día siguiente lo vuelves a intentar y luego otra vez y otra.
Su camino fue largo, iba y venía entre Nueva York y Los Ángeles buscando esa oportunidad que nunca terminaba de llegar. Escuchaba lo mismo una y otra vez: que no encajaba, que era “demasiado latino” para algunos o “muy poco latino” para otros.
“Hubo momentos en los que pensé seriamente en rendirme. Me preguntaba si tenía sentido seguir persiguiendo un sueño que parecía tan lejano. Después de tantos años sin resultados, sentía que tal vez ya era demasiado tarde para mí”, dijo Pedro Pascal
Aunque ahora parezca que Hollywood lo ama, hubo años en los que simplemente no parecía haber espacio para él. Imagínate tener 35, 36, 37 años y seguir sintiendo que no has “logrado nada grande”. En un mundo obsesionado con el éxito rápido.
Pedro pasó noches dudando, preguntándose si tenía sentido seguir insistiendo en algo que parecía no avanzar, pero no se detuvo y ya vimos los frutos que dio su esfuerzo, quizá es por eso que hoy su historia conecta tanto con sus fans.
Cuando el éxito finalmente llegó, no lo hizo para un chico de 22 años sin experiencia, llegó para un hombre que ya había pasado por rechazos, dudas y años de trabajo silencioso. Pedro Pascal es la prueba de que no existe un reloj para cumplir sueños, que no hay una edad correcta para despegar, que el talento no caduca y que los caminos largos no son fracasos, son formación.
Si el triunfo hubiera llegado demasiado pronto, quizá no habría sabido sostenerlo. Llegó cuando ya sabía quién era, cuando había aprendido a resistir, a caer y a levantarme sin perderme, reflexionó el actor.
En una generación donde a veces sentimos que vamos atrasados porque no hemos “logrado suficiente”, su historia se siente como abrazo. Porque nos recuerda algo muy simple: no llegar primero no significa no llegar.
Fuente: https://culturacolectiva.com








Agregar comentario